El pasado mes del amor y la amistad se celebró en Medellín la semana del amor y el erotismo, que escandalosa palabra pero que terapéutica. La sola propuesta mueve más que un sermón de no violencia. El reto es el placer o el dolor, seguir a eros o a tánatos, hacer el amor o hacer la guerra, un pueblo que ama no puede ser violento. Los Colombianos canalizamos como violencia la misma energía que los Brasileros canalizan como erotismo o los Peruanos como morbo. ¿que será mejor?

VIOLENCIA E IMPOTENCIA   

En tanto temor al diablo desaprovechamos los pensamientos que serían para Dios. Estudiando la enfermedad jamás sabremos lo que es el placer. Luchando contra la guerra nunca tendremos tiempo para la paz. El que se gasta la vida aprendiendo a vivir, cuando aprenda no tendrá vida para gastar. Vivimos entre el dolor porque de la cultura del dolor nacemos, comemos y nos educamos, porque a nadie se le enseñó sobre el placer, a nadie se le entrenó para disfrutar, a nadie se le preparó para sentir, a nadie se le adoctrinó para ser feliz. La diana a acertar nunca fue el placer. Luchar por la vida, pelear por lo propio, matarse para surgir, quemarse las pestañas para llegar a ser, sacrificarse, inmolarse, martirizarse, morir por la causa, etc, etc, ¿cuando dejaremos de combatir?.  Ni la medicina se escapa del lenguaje bélico: anticuerpos, antibióticos, antimaláricos,  péptidos salvajes, órganos diana, toxinas, analgésicos, escopeta regadera, bomba medicamentosa, artillería pesada, etc.  

La lucha, en el "cuerpo a cuerpo" sexual, gratifica nuestro cerebro reptil, pero ha extendido sus tentáculos más allá de nuestras camas; quizá porque dejamos de disfrutar de esa horizontal, ferviente y marital contienda en la que "durmiendo con el enemigo" al amanecer más se le necesita y mejor se le recuerda mientras más feroz y encarnizado  halla sido el combate. Si a los violentos se les enseñara a sentir placer y disfrutar de su cuerpo desaparecería en el acto la actual crisis humana de valores. No es el poder político, militar o las armas lo que mueve el ego humano a luchar. Es la búsqueda del placer. Cualquier ideal humano, por altruista o mezquino que parezca en el fondo está motivado por la búsqueda del placer.  

En el interior de cualquier militar, paramilitar, guerrillero, sacerdote o presidente subsiste un niño hambriento de placer y ansioso de ser gratificado con la molécula más adictiva del planeta, el CH (calor humano). Porque el máximo placer humanamente alcanzable no es el poder otorgado por el dinero, los químicos, ni el conquistado por las armas, es el orgasmo. El máximo trofeo para nuestro adrenérgico instinto no es la cabeza del peor enemigo sino el corazón de la tibia mujer, amada y deseada. Pero cómo no terminar buscando otras formas de poder si treinta segundos después del asalto somos unos tristes, frustrados y blandengues animales encima o al frente de un acusador y deseoso cuerpo femenino, hoguera que sin calentarse dejamos más fría que lo que nosotros, en este pírrico asalto, nos quedamos. Desposeidos de esa masculina y androgénica fortaleza a quien le quedan ganas siquiera de arrancarle o corresponderle una sonrisa a esos labios o a los de una hija o los del abuelo. Derrotados una y otra vez por nuestro avasallador ímpetu en la contienda del amor, impotentes por la presurosa retirada, víctimas del descontrol de nuestro salvaje y primario instinto, optamos por seguir luchando pero en terrenos menos autorreflexivos, buscando otras formas menos frustrantes de combatir. 

 Los violentos son hombres impotentes e incapaces de hacer el amor con los ojos, que se declararon desertores de esa mirada que entrega el corazón en una sonrisa, se hicieron prófugos de sí mismos cuando se descubrieron cobardes para tomarse por asalto un corazón femenino y hacerlo rendirse a sus pies temblándole  y suplicándole entre sollozos que ya no le hiciera sentir correr más la sangre por sus venas, sangre que palpitándole en las rojizas carnes le arrancaría a borbotones llamaradas de salvaje y descontrolada estrogénica pasión, ataque que como difícilmente repelieron en el acto, corrieron en retirada, derramándose río abajo buscando otras bélicas y menos ardientes trincheras.  

Enrique A. Ramírez Z.

Médico Sensoterapeuta   Autor de los libros

Placer o dolor

Todos somos uno

la música del cuerpo

con-sciencia del cuerpo   

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